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domingo, 6 de octubre de 2013

Un niño y un padre


Un niño y un padre
Os voy a contar una historia. Es la historia de un niño que se impregnó de un ideal gracias a su padre. Era una esponja y creció adquiriendo valores de solidaridad, de respeto al ser humano…de amor. Su padre era campesino. Trabajaba de sol a sol  y aunque físicamente casi no lo veía lo tenía presente constantemente. Su madre, amorosa y ama de casa a la antigua usanza, le hablaba de él y de sus valores. Y en los escasos ratos de convivencia de la familia completa –también con sus dos hermanos mayores-, ya era por la noche en el día a día o cuando en las vacaciones o fiestas le ayudaba en las labores del campo surgía una comunicación de calidad entre padre e hijo. No hacían falta palabras, aunque las había. La comunicación no verbal era permanente, había una ejemplaridad en todos los actos de su padre y en las conversaciones que le oía mantener con su madre o con otros adultos. Todo lo que expresaba ese ser grandioso, su padre, estaba basado en la honestidad radical, en la seriedad, en el respeto a sus mayores, en la tolerancia a la opinión ajena, en el amor a su trabajo como medio de ganarse la vida para él y su familia. La profesionalidad como valor fundamental, el gusto por las cosas bien hechas.

Su familia. Para su padre era lo más importante: el sentido de su vida. Aunque defendía y se sentía responsable del núcleo fundado por él y su esposa, jamás se olvidaba de sus padres y hermanos. Sufría con las rencillas familiares entre ellos; buscaba la armonía, aún a costa de su sufrimiento o su renuncia. Ese amor por sus hermanos y familia en general lo transmitió a sus hijos, entre los que se enorgullecía de estar. Les transmitió que nada material podía estar por encima de su fraternidad. Y que la mentira “tenía las patas muy cortas”: “Hijo mío, con la verdad se llega a todas partes”.
 
El niño creció escuchando de su padre historias de la postguerra, de la represión franquista en su pueblo y alrededores, en España en general. El niño adquirió miedo a la manifestación libre de su opinión política –“no te señales hijo”. Su padre, aunque le gustaba la política y opinar de los asuntos públicos, solo lo hacía en privado; cerraba la puerta de la calle con cerrojo “no sea que me escuchen los falangistas”. Tenía miedo a las represalias del poderoso pues las había visto y vivido muy de cerca. Ese miedo se te mete en los huesos y no te abandona en toda tu vida. Con la represión organizada de una dictadura sientes que si defiendes públicamente tus ideales, si luchas por lo que entiendes que es justo contra el poder establecido estás poniéndote en riesgo no solo a ti sino también a tu familia. Y si no eres un héroe, o no tienes vocación de ello, en medio de un ambiente represivo y dictatorial, el atrevimiento tiene riesgos difíciles de asumir.

El niño escuchó de sus padres que había que esforzarse. Su padre solo quería para sus hijos un mundo mejor que el que él tuvo en su infancia; y por eso no quería que fuesen del campo. No le gustaba el trabajo del campo para sus hijos. Veía el trabajo en la agricultura como duro, desagradecido, imprevisible, escaso, mal remunerado, humillante a veces. Sin embargo a él le gustaba. Dominaba todas las tareas del mismo. Le encantaba la viña y sus labores: la poda, la recogida de sarmientos, la quema de los mismos para hacer cisco, el arado de la tierra, la castra, el sulfato, la corta de la uva… O su huerta: medio de vida fundamental. Recogía sus productos por la tarde y los comercializaba por las mañanas. Vendía y pregonaba en pueblos cercanos lo recogido en la cosecha cada día: tomates, melones, sandías, pimientos, rábanos, lechugas, cebollas, ajo… Y se ganó el cariño de los lugareños. El niño, su madre y sus hermanos también vendían: ambulante en la plaza de abasto o de puerta en puerta: “¿niñaa, quieres rábanos?!” “Dame dos manojitos”. ¡Qué felicidad cuando consumaban una venta! ¡Qué decepción si no vendían!

Sin embargo el padre quería para sus hijos un oficio, pero no el del campo. Y lo consiguió. Todos sus hijos tienen oficio hoy en día. Todos sus hijos aman a su oficio. Todos sus hijos son profesionales reconocidos en sus profesiones, manteniendo a su familia con la dignidad que él le transfirió. Son trabajadores como él quiso que fueran: honrados y abnegados.

Incluso consiguió con su esposa darle estudios universitarios a uno de sus hijos: el niño de la historia. Un niño que ya es adulto con valores y miedos, serio y honesto, trabajador, sensible, a veces impulsivo, que ama a su familia, que ama a su tierra, que sigue luchando por el ser humano en sentido amplio porque cree en la vida, cree en la providencia de la vida, y cree que volverá algún día a ver a su padre, a fundirse con él y su energía…eternamente…

“…Y QUISE RECORDARTE, PADRE,
LLENO DE TRISTEZA 

PORQUE TU TE FUISTES 
PORQUE TU TE FUISTES 
DONDE LAS ESTRELLAS 
LO MISMO QUE EL HUMO 
DE NUESTRA CANDELA 
LO MISMO QUE EL HUMO ¡PADRE! 
DE NUESTRA CANDELA…”



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